Història

Espectáculos mixtos y consolidación del repertorio operístico (1847-1893)

El 4 de abril de 1847 se inauguraba el Teatre con un programa mixto que incluía una sinfonía de Joan Melcior Gomis, el drama Don Fernando el de Antequera de Ventura de la Vega, una danza titulada La Rondeña de Josep Jurch e Il regio imene, una cantata de Joan Cortada con música de Marià Obiols.

Durante los primeros años, los espectáculos se estructuraban a partir de una obra teatral, de una ópera, de una zarzuela, de un ballet o de un concierto con frecuentes intercalaciones de una variada gama de números de magia, funambulismo o prestidigitación.

La programación de Cuaresma se reserva a espectáculos estrictamente musicales, y durante el Carnaval se programan bailes de máscaras y de disfraces siguiendo una tradición muy extendida en toda Europa. La gran variedad de espectáculos estimulaba la presencia de sectores muy diversos de la sociedad, que llenaban diariamente la sala. Durante este primer periodo, la ópera representaba aproximadamente el 25 % de las funciones.

La primera ópera que se escuchó en el Teatre fue Anna Bolena de Donizetti (1847). Durante los primeros años se programaba principalmente ópera italiana, con una presencia muy importante de las obras de Rossini, Bellini y Donizetti. También desde el primer año se incorporó la obra de Verdi. La ópera francesa se introduce más lentamente, pero pronto adquiere una presencia importante, puesto que las características de la grand opéra encajaban perfectamente con un teatro de la grandiosidad del Liceu con la presencia obligada de un ballet, grandes masas corales e impresionantes escenografías. Los compositores más interpretados en este periodo son Meyerbeer, Halévy y Thomas.

Wagnerismo y los años dorados (1893-1939)

En 1863 ya sonaron en el Teatre las primeras notas wagnerianas en una función en la que el coro del Teatre y la Sociedad Coral Euterpe cantaba la marcha del Tannhäuser bajo la dirección de Josep Anselm Clavé. Pero hará falta esperar hasta el mes de marzo de 1883 para ver la primera ópera de Wagner en el Liceu: Lohengrin, estrenada el año anterior en el Teatro Principal. Las condiciones artísticas y arquitectónicas del Liceu lo convertían en el espacio más adecuado de la ciudad para la representación de dramas wagnerianos. Pronto llegarán también Der fliegende Holländer (El holandés errante) (1885) y Tannhäuser (1887). El fervor wagneriano fue creciendo, y en 1899 se estrena Die Walküre (La valquíria) y Tristan und Isolde, obra que inauguró la temporada 1899/1900 con una gran aceptación del público. La presencia de Wagner en el Liceu continuó sin desfallecimiento durante las primeras décadas del siglo xx y se materializa en los Festivales Wagner (primavera 1910/11) y en el estreno de Parsifal, obra que hasta 1914 solo se podía interpretar íntegramente en Bayreuth. Barcelona quiso ser la primera ciudad del mundo en llevarla a escena legalmente y la programó el 31 de diciembre de 1913. Las óperas wagnerianas estrenadas en este periodo han permanecido en la programación del Liceu hasta nuestros días.

Durante los años ochenta del siglo xix se consolida una estructura en la programación basada en la asignación de géneros para cada una de las temporadas: la de invierno, dedicada en exclusiva a la ópera; la de Cuaresma, en la que se alternan conciertos, ballet y opereta; y la de primavera, dedicada a la ópera o la opereta.

En cuanto a la ópera italiana, se consolida un repertorio propio al cual se habitúan los espectadores. En estas temporadas el público muestra un gusto especial por las óperas veristas. En este sentido destacan los estrenos liceístas de Mascagni como Cavalleria rusticana, Iris o Amica (dirigida por el mismo compositor); Pagliacci de Leoncavallo; o Manon Lescaut, La bohème y Tosca de Puccini, entre muchas otras.

En 1885 se estrena la primera ópera catalana en el Liceu, Lo desengany de Artur Baratta, y, en el mismo periodo, Sánchez Gavagnach estrena La messaggiera; Tomás Bretón, Los amantes de Teruel y Garín; Felip Pedrell, Quasimodo, L’ultimo abenzeraggio y Els Pirineus; y antes de fin de siglo se representarán Pepita Jiménez y Henry Clifford (dirigida por el mismo Isaac Albéniz).

A partir de los últimos decenios del siglo xix, se consolida la pasión del público por las voces míticas con el legendario tenor Mario, Antonio Superchi, Francesco Tamagno, Marietta Alboni, Roberto Stagno, Julián Gayarre, Gemma Bellincioni, Hariclea Darclée, Rosina Storchio, Victor Maurel, Angelo Masini, Ramon Blanchart, Alessandro Bonci, Enrico Caruso y Titta Ruffo, entre muchos otros. En este periodo debutan en el Teatre algunos cantantes catalanes que adquirirán eco internacional, como Francesc Viñas, Josep Palet, Andreua Avel·lina Carrera, Carme Bonaplata, Josefina Huguet, Elvira de Hidalgo, Maria Barrientos, Graziella Pareto y Conxita Supervia.

La música sinfónica va adquiriendo protagonismo gracias a las temporadas de Cuaresma que llevarán al Teatre directores como Joan Goula, Antoni Nicolau, Richard Strauss, Pablo Sarasate, Edoardo Mascheroni, Arturo Toscanini, Joan Lamote de Grignon, Saint-Saëns, Franz Beidler o Gabriel Fauré, entre muchos otros.

El ballet toma importancia como espectáculo único de cada función. Algunas de las obras más apreciadas por el público son Messalina de Giuseppe Giaquinto, Rodope de Paolo Giorza y Coppélia de Léo Delibes.

Durante los primeros decenios del siglo xx se populariza la ópera rusa. En 1915 se estrenó Boris Godunov de Mussorgski, título que estará presente en prácticamente todas las temporadas. Txaikovski y Rimski-Kórsakov fueron también acogidos con éxito en el Teatre, en especial La leyenda de la ciudad invisible de Kítej (1926), una de las obras más populares del repertorio ruso.

La desproporción entre títulos habituales y ocasionales se acentúa, y la ópera italiana, con Verdi y Puccini al frente, continúa representando el grueso de la programación del Teatre. El mismo fenómeno pasa con el repertorio francés, con la priorización de autores como Bizet, Gounod, Massenet o Charpentier. Durante estos años también coge mucha fuerza la ópera alemana con Wagner, Mozart y Strauss. La ópera de autores del país se mantiene con una cierta continuidad: destacan los compositores Enric Morera (Tassarba, Empòrium, Bruniselda y Titaina), Jaume Pahissa (La morisca, La princesa Margarida y Gal·la Placídia) y Amadeu Vives (Maruxa, Balada de Carnaval, Doña Francisquita y Euda d’Uriach).

Durante el periodo de entreguerras se consagran en el Teatre una serie de cantantes por sus grandes voces y su complicidad con el público. Entre los más apreciados destacan Mercè Capsir, Maria Gay, Maria Espinalt, Hipólito Lázaro, Miguel Fleta, Beniamino Gigli, Aureliano Pertile, Riccardo Stracciari, Tito Schipa, Mattia Battistini, Giacomo Lauri-Volpi, John O’Sullivan, Lauritz Melchior, Fiodor Chaliapine y Pau Civil.

A partir de 1917, el ballet adquiere importancia en la programación del Teatre con la presencia de los Ballets Rusos de Serguei Diaghilev, que contaba con bailarines de fama internacional como Nijinski, los Ballets Vieneses, el Ballet de la Opéra de Paris, Los Ballets Rusos de Montecarlo y la famosa bailarina Anna Pávlova. El cuerpo de baile del Teatre adquiere autonomía con la presentación de coreografías propias.

Los conciertos de Cuaresma tuvieron un gran eco desde los años veinte. En mayo de 1923, la Orquesta Pau Casals inició su colaboración con el Liceu. Tanto esta orquesta como la del Teatre han sido dirigidas por maestros tan importantes como Igor Stravinski, Richard Strauss, Max von Schillings, Alexander von Zemlinsky, Manuel de Falla, Clemens Krauss, Ottorino Respighi, Alexandre Glazunov o el mismo Pau Casals.

Durante los años de la Generalitat republicana, la programación artística apuesta por favorecer la presencia de autores catalanes con algunas reposiciones, como Gal·la Placídia de Pahissa, o estrenos como Neró i Acté de Joan Manén, María del Carmen de Enric Granados, El estudiante de Salamanca de Joan Gaig o Lo monjo negre de Joaquim Cassadó. El giravolt de maig de Eduard Toldrà, con texto de Josep Carner, programada en 1938, será una de las pocas óperas catalanas de este periodo que ha sobrevivido en repertorio.

Del final de la guerra a la creación del Consorcio (1939-1981)

En la década de 1940 la estructura de los espectáculos queda fijada en una temporada de invierno con ópera, una de primavera con ballet y una de Cuaresma. Esta última perdura hasta la temporada 1953/54.

El Teatre continuaba funcionando con un repertorio conocido y apreciado por el público, centrado más en la calidad de las voces que en la escenografía, el coro o la orquesta. Los títulos más programados de esta temporada siguen siendo los italianos: Il barbiere di Siviglia, Aida, Rigoletto, La traviata, La bohème o Madama Butterfly; el repertorio francés queda reducido a Carmen, Faust, Manon, Samson y Werther. En el mundo germánico continúa la primacía absoluta de los títulos wagnerianos, equiparables en programación a los italianos más populares: Tristan und Isolde, Die Walküre (La valquíria) y Lohengrin. Mozart se incorpora plenamente al repertorio, especialmente Le nozze di Figaro, seguida de Don Giovanni, Così fan tutte, Entführung aus dem Serail (El rapto en el serrallo) y Die Zauberflöte (La flauta mágica); Strauss se reduce a tres grandes títulos: Rosenkavalier (El caballero de la rosa), Salome y Elektra. Entre 1939 y 1944, la compañía más habitual fue la Ópera de Frankfurt. Un hecho singular en la historia artística del Liceu fue la visita del Festival Bayreuth la primavera de 1955, que se materializó en los Festivales Wagner con las innovadoras propuestas escénicas de Wieland Wagner.

De este periodo destacan los estrenos de óperas italianas contemporáneas que representan una evolución de las corrientes anteriores románticas y veristas. Sobresalen autores como Salvatore Allegra, Licinio Recife, Vieri Tosatti, Jacopo Napoli, Ildebrando Pizzetti, Renzo Rossellini, Gianfranco Menotti, Luciano Chailly y Raffaello de Banfield.

La tradicional pasión liceísta por las grandes voces se encuentra en estos años en una situación especialmente propicia, puesto que pasan por escena las figuras más importantes de la lírica internacional. Entre el público y estos artistas se produce una relación de agradecimiento y devoción que estimula la mitificación de los artistas y garantiza la continuidad del Teatre.
Tres sopranos destacan por su vinculación personal con el Teatre: Victoria de los Ángeles, que fascinó al público con su estilo puro y elegante desde su debut en el rol de La condesa en Le nozze di Figaro; Renata Tebaldi, soprano ya consagrada en el momento de su debut en el Teatre, fascinó al público hasta convertirse en un ídolo del coliseo y de la ciudad. Sin duda la artista más plenamente identificada con el Liceu es Montserrat Caballé, tanto por su calidad altísima como por su presencia en la programación durante más de 30 años.

Otras voces femeninas queridas por el público son las de Maria Caniglia, Giulietta Simionato, Ebe Stignani, Fedora Barbieri, Kirsten Flagstad, Elisabeth Schwarzkopf, Gertrude Grob-Prandl, Astrid Várnay, Lisa della Casa, Birgit Nilsson, Maria Callas, Virginia Zeani, Fiorenza Cossotto, Magda Olivero, Grace Bumbry, Joan Sutherland, Renata Scotto, Leyla Gencer, Mirella Freni, Marilyn Horne, Ángeles Gulín, Ghena Dimitrova, Elena Obraztsova, Leonie Rysanek o Edita Gruberová, entre otras.

Dos tenores catalanes han emocionado de una manera muy especial a los espectadores: Jaume Aragall y Josep Carreras. Otras voces masculinas muy valoradas son las de Mario Del Monaco, Giuseppe Di Stefano, Wolfgang Windgassen, Mario Filippeschi, Carlo Bergonzi, Franco Corelli, Alfredo Kraus, Richard Tucker, Plácido Domingo, Eduard Giménez, Dalmau González, Pedro Lavirgen, Luciano Pavarotti, Hans Hotter, Manuel Ausensi, Ettore Bastianini, Piero Cappuccilli, Cornell MacNeil, Vicenç Sardinero, Joan Pons, Carlos Álvarez, Sherrill Milnes, Boris Christoff, Cesare Siepi, Bonaldo Giaiotti y Nicola Ghiaurov.

Entre 1939 y 1981 dirigen en el Teatre personalidades de gran fama internacional como Napoleone Annovazzi (director musical del Teatre de 1947 a 1952), Eugene Ormandy con la Orquesta Sinfónica de Filadelfia (1955), Georg Szell con la Orquesta de Cleveland (1957), William Steinberg con la Orquesta de Pittsburg (1964), Karl Böhm con la Orquesta Filarmónica de Viena (1965), Herbert von Karajan con la Orquesta Filarmónica de Berlín (1972), Georg Solti con la Orquesta de París y Lorin Maazel con la New Philarmonia Orchestra de Londres (1974).

En relación con la danza, pasan por el Teatre compañías como la del Marqués de Cuevas, los Ballets de Montecarlo, el Ballet de L’Opéra de Paris, el New York City Ballet, la Compañía Igor Moisseiev, el Ballet de Teatre Kirov de Leningrado, compañías de Sofía, Belgrado, Praga, Brno, el Ballet du Rhin, la Ópera de Estrasburgo, el London Festival Ballet y el Ballet del Théâtre Français de Nancy. También se consolida el Ballet Estable del Gran Teatre del Liceu bajo la dirección de Joan Magriñà, cargo que posteriormente asumió Assumpta Aguadé.

El Consorcio y el Liceu en exilio (1981-1999)

Durante los años de gestión del Consorcio, el repertorio operístico básico se mantiene sin demasiadas novedades y se incrementan los estrenos. Algunas de las obras más representadas son Aida, Rigoletto, Il trovatore y La traviata de Verdi; Lohengrin, Die Walküre (La valquíria), Tristan und Isolde, Tannhäuser y Parsifal de Wagner; Lucia di Lammermoor, L’elisir d’amore y La favorita de Donizetti; Tosca, La bohème, Turandot y Madama Butterfly de Puccini; Norma de Bellini; Il barbiere di Siviglia de Rossini; y Salome y Elektra de Richard Strauss.

Durante esta etapa el Teatre se abre a nuevas corrientes y tendencias estéticas de la dramaturgia contemporánea con la participación de directores de escena como Josep Montanyès (Cançó d’amor i de guerra y Una cosa rara), Lluís Pasqual (Falstaff y Samson et Dalila), Ricard Salvat (Èdip i Jocasta y Tannhäuser), Mario Gas (Un ballo in maschera, Il matrimonio segreto, Jenůfa y L’elisir d’amore), Núria Espert (Elektra, Carmen y Turandot), Joan Lluís Bozzo (Rigoletto), Joan Font de Comediants (La flauta mágica), José Luis Alonso (Armide y Doña Francisquita), Emilio Sagi (Mefistofele e Idomeneo) o José Carlos Plaza (The Duenna), entre otros.

El Consorcio favoreció la incorporación de algunos de los grandes nombres internacionales de la dirección de escena, que han dirigido espectáculos innovadores, no siempre exentos de polémica, como son Piero Faggioni, Otto Schenk, Giancarlo del Monaco, Jonathan Miller, Jean-Pierre Ponnelle, Gilbert Deflo, Hans Hollmann, Graham Vick, Michael Hampe, Götz Friedrich, Steffen Piontek, Harry Kupfer o Willy Decker, entre muchos más.

Al margen de la presencia de las voces consagradas del periodo anterior, cabe destacar los debuts de Simon Estes, Catherine Malfitano, Éva Marton, Marilyn Horne, Dolora Zajick, Aprile Millo, June Anderson, Anna Tomowa-Sintow, Chris Merritt, José van Dam, Cecilia Bartoli, Josep Bros, Deborah Voight, Paata Burchuladze y María Bayo.

A pesar del incendio del 31 de enero de 1994, el Consorcio decide no frenar la programación artística, que se trasladará a otros equipamientos de la ciudad. Durante estos años destacan obras como The Lighthouse de Davis (1996), The Turn of the Screw de Britten (1996) y Le pauvre matelot de Milhaud (1997) o Alcina de Händel; y se representan otras como Turandot, en el Palau Sant Jordi (1994); Tristan und Isolde (1996) y Macbeth (1997), en el Palau de la Música Catalana; o Madama Butterfly (1995), Norma (1995) y L’elisir d’amore (1998), en el Teatre Victòria, entre muchas otras.

El Liceu del siglo XXI

El 7 de octubre de 1999 se inaugura el tercer Teatre con Turandot bajo la dirección de escena de Núria Espert. Durante estos últimos años han sido muchas las noches de éxito en el Teatre, y como ejemplo tenemos Macbeth con Riccardo Muti y Aida, que recupera la histórica escenografía de Josep Mestres Cabanes (2001); Enrique VIII con Montserrat Caballé (2002); La Gioconda con la dirección de escena de Pier Luigi Pizzi (2005 y 2019); Der Ring des Nibelunge (El anillo del Nibelungo) bajo la dirección de escena de Harry Kupfer (2003-2004); y los estrenos de Boulevard Solitude (2007), La cabeza del Bautista (2009), Le Grand Macabre (2011), el Festival Bayreuth (2012), La leyenda de la ciudad invisible de Kítej (2014), Benvenuto Cellini con dirección de Terry Gilliam (2015), Elektra de Patrice Chéreau y Simon Boccanegra con Plácido Domingo (2016), Tristan und Isolde con Iréne Theorin (2017), Andrea Chénier con Kaufmann y Radvanovsky (2018), o el estreno mundial de L’enigma di Lea (2019).

Respecto a la danza, durante estos últimos años han pasado por el Teatre algunas de las más importantes compañías a nivel internacional: Alvin Ailey, el American Dance Theater, la Martha Graham Dance Company, el Béjart Ballet Lausanne, el Nederlands Dans Theater, el Ballet de Zuric, el Das Hamburger Ballet, el English National Ballet, el Ballet de l’Opéra National de Paris, la Compañía Antonio Gades, Pina Bausch o el Semperoper Ballett, entre muchas otras.

También toma empuje la programación infantil, que se concretará con la creación de El Petit Liceu. La actividad en el escenario principal convive con otros espectáculos desarrollados principalmente en el Foyer del Teatre con las sesiones Golfas y las monográficas al entorno de la ópera programada en aquel momento; en esta misma línea nacerían, años más tarde, el Off Liceu y El estallido de la Música de Cámara.

Durante estos años han pasado por el Teatre grandes voces, como las de Angela Denoke, Joyce DiDonato, Diana Damrau, Iréne Theorin, Sondra Radvanovsky, Jonas Kaufmann, Christian Gerhaher, Juan Diego Flórez, Javier Camarena o Piotr Beczala, entre muchas otras.