Los bohemios del milenio

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Mònica Pagès i Santacana

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La bohème es un canto sublime a la inocencia de la juventud y a estas ganas de cambiar el mundo porque lo sienten como propio y porque se creen fervientemente capaces de construir uno nuevo y único.

El movimiento del Romanticismo, con el estrépito de la tormenta (Sturm) y del rayo (Drang) con el que eclosionó su revolución estética, supuso, probablemente, la primera vez que se ponía el foco de la creación en la etapa de la juventud. Ya no era una cuestión de oficio, de maestros y de aprendices, de jerarquías sociales, de artistas al servicio de la nobleza, sino que la aparición del genio artístico se producía, paradójicamente, en una primera oleada de democratización del arte. “Yo miro hacia mí mismo y encuentro un mundo”, afirmaba el joven Werther, el personaje de la novela de Johann Wolfgang von Goethe que marcó toda la generación de la Revolución Francesa, la que reivindicaba la libertad del individuo por encima de la sociedad. Este personaje se convertiría en un arquetipo del artista moderno, del poeta maldito, del joven que cree ciegamente en el amor hasta ponerlo a prueba con la propia muerte en pleno estallido de la vida. Desde entonces, la juventud tiene un valor asociado al idealismo y a la revuelta que ha perdurado hasta nuestros días.

A mediados del siglo xix, el escritor francés Henri Murger quiso describir su juventud en París con su novela Scènes de la vie de bohème (Escenas de la vida de bohemia), publicada en principio como un folletín en el diario Le Corsaire entre 1845 y 1849, y en un solo volumen en 1851 que, años más tarde, Giacomo Puccini convertiría en una ópera con libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa. Murger quería explicar cómo es la vida dedicada al culto de las artes, desatada de convenciones, desordenada, inestable, siempre arriesgada. Y, para hacerlo, se inspiró en personas que trató en su juventud disipada, como Charles Baudelaire, Gustave Courbet o Théofile Gautier. Incluso Richard Wagner dejó constancia en sus memorias de la miseria que pasó en París entre 1839 y 1842. De hecho, el mismo Puccini se reconoció en esta novela como uno de sus personajes por sus años de estudiante en el Conservatorio de Milán, entre 1880 y 1883.

Esta miseria artística que Murger describe con lirismo tenía a menudo consecuencias muy graves para la salud, por este motivo se definía irónicamente como “un poeta de la escuela tísica”, la enfermedad que acaba matando a Mimì. Murger asoció la precariedad y el talante de este colectivo de jóvenes con el estilo de vida nómada de la comunidad gitana, de donde toma el término bohemio, calificativo que cuajó en el imaginario europeo burgués como un sinónimo de artista. Es sorprendente que este estereotipo haya arraigado tan profundamente en nuestro vocabulario, aunque las costumbres sociales hayan evolucionado hacia un modelo más tolerante. La palabra bohemio connota exclusión social, marginalidad, y se ha ido transmitiendo con un nuevo impulso en posteriores movimientos juveniles: en las vanguardias de principios del siglo xx, con todos sus “ismos” iconoclastas, en la revuelta estudiantil del Mayo del 68 y en los movimientos que se derivaron desde los hippies hasta la contracultura punk.

Nuestra historia contemporánea se ha ido tejiendo con esta concepción de la juventud entendida como una ruptura con la generación precedente. Todavía en nuestros días podemos encontrar varias manifestaciones de este modelo de la “bohemia” asociada a la creatividad, a las profesiones artísticas que quieren abrirse camino de manera contestataria, heterodoxa, podríamos decir “antisistema”. La utopía social de las comunas en los setenta y actualmente la reacción anarquista de los okupas provienen de un mismo sentimiento que lucha contra el sometimiento de una clase media al capitalismo, la alienación de un trabajo abocado al consumo compensatorio de un sistema productivo abusivo en muchos aspectos y disfrazado de estado del bienestar, como un lobo con piel de oveja.

En los “bohemios” de Murger y también de Puccini ya encontramos las dificultades de los jóvenes para acceder a una vivienda, ya denuncia la multitud de impedimentos para ganarse la vida como poeta, compositor, escritor, actor o filósofo, actividades que el mercado tilda de improductivas porque tratan de la inmaterialidad de las ideas, de la estética y de las emociones. Actualmente, las vocaciones creativas continúan despreciándose cuando se despiertan en la juventud, cuando solo son sueños irrealizables, cuando no se busca hacer una carrera “de provecho”. Desgraciadamente, en estos “primeros” bohemios reconocemos la situación de la juventud actual, que se ha convertido en una de las problemáticas de nuestra sociedad occidental. Nos referimos a los hijos de la generación del baby boom, los que nacieron a las puertas del nuevo milenio, entre 1981 y 1996, cuando el olimpismo local y mundial auguraba un crecimiento sin límites hasta que se restañó de golpe con la crisis de 2008. Así como Murger creó el calificativo bohemio para referirse a los artistas de vida precaria, pero feliz, el historiador y economista Neil Howe y el dramaturgo William Strauss introdujeron el concepto millennials en el libro Millennials Rising: The Next Great Generation (2000). Después de la Generación X, la del desencanto y la del pragmatismo, la del no future, apareció la Generación Y o la de los millennials, que se convierte en un fenómeno sociológico interesante de analizar, porque representa una nueva era marcada por la economía neoliberal y con grandes novedades como la globalización, la ultraespecialización profesional, la aparición del móvil, el uso general de internet y una creciente conciencia ecológica.

Las primeras referencias culturales de la generación que ahora raya la treintena son Harry Potter y Pokémon, que les confieren una mirada a menudo fantasiosa, sobreprotegida, que, en lugar de desear la revuelta individual, se mimetiza con el grupo o se parapeta en las redes sociales para proyectarse en las infinitas ventanas digitales. La ambición personal de sus padres se tradujo en una exigencia para conseguir una sobrecalificación universitaria que ha chocado con la realidad laboral de manera estrepitosa y que los ha abocado a un futuro incierto, en una sociedad de valores líquidos, donde el trabajo es escaso e inconstante, y no se adecua, en la mayoría de los casos, al estatus requerido para poder sostener el coste de la vida e, incluso, de la vivienda. Aunque tengan títulos universitarios superiores, másteres con equiparación internacional y el dominio del inglés y otros idiomas, la única opción para emanciparse es compartir piso con otros jóvenes tan calificados como ellos. Además, no se plantean tener hijos hasta los cuarenta, sujetos a una estabilidad que no llega. Y algunos no tendrán más remedio que marcharse a Alemania, a Estados Unidos o a China para poder desarrollar su profesión ultraespecializada en condiciones laborales más dignas. Nos encontramos ante una nueva generación de “bohemios” que intentan sobrevivir en la incertidumbre y soportar condiciones difíciles, pero que lo hacen con ganas de comerse el mundo, con muchas ansias de descubrimiento, con espíritu emprendedor y con facilidad para enamorarse, como los que retrató Murger en la literatura y Puccini en la ópera.

Es evidente que cada generación afronta una nueva problemática que la siguiente generación intenta superar y que, en este relevo temporal continuo, el movimiento de la humanidad tiene forma de espiral y no de línea ascendente. Quizás la esencia de la juventud es precisamente esta esperanza a prueba de todas las penurias, esta voluntad irreducible por querer manifestar una nueva manera de vivir que abre un camino diferente al que han podido trazar los padres. Probablemente, lo que tienen en común el despertar de las diferentes generaciones sea el sentimiento de un idealismo que lleve a la superación y a la mejora de las realidades pasadas, que empuja nuestra condición humana quién sabe dónde. La bohème es un canto sublime a la inocencia de la juventud y a estas ganas de cambiar el mundo porque lo sienten como propio y porque se creen fervientemente capaces de construir uno nuevo y único. También tiene en común con nuestros millennials el descubrimiento del amor. Un descubrimiento que, tanto en la ópera como en la realidad, se fundamenta en la fragilidad de la pérdida y en la intensidad de la inexperiencia.

Precisamente será la expresión del amor en el momento más tierno de la existencia humana la que marcará el arte del siglo xix y de casi todo el siglo xx, incluso en las manifestaciones más radicales de la contracultura. Si, para los románticos, el amor es la chispa que enciende cualquier forma artística, en nuestra resaca de posmodernidad, marcada por el estereotipo de los medios de comunicación de masas, sea la televisión, sea internet, sea la música pop más desgarrada, el ideal del amor sigue siendo un faro de estímulo artístico, generación tras generación. Y, junto al primer amor, seguimos encontrando la música, la pintura, todas las artes visuales, la poesía y la filosofía, como los únicos lenguajes capaces de expresarlo legítimamente. Una obstinación por la inmaterialidad que ha convertido a muchos de estos jóvenes bohemios de otros tiempos en figuras de culto, estuvieran en París, en Nueva York o en Londres. La música moderna, con todos sus géneros, y el cine occidental han sido los dos ámbitos artísticos que han tomado el relevo en la ópera en la expresión de esta juventud idealista y que han convertido a los “bohemios” contemporáneos en “estrellas” mediáticas a menudo demasiado fugaces, que, en lugar de morir de tisis en una fría boardilla parisina, pueden ser víctimas de una sobredosis en el lavabo de un hotel de lujo.

En La bohème, este canto al amor espoleado por el invierno y por el hambre, por las ganas de crear nuevos horizontes, por las penurias económicas y por la fragilidad de la salud, sigue teniendo una dimensión universal e intemporal, nos continúa propulsando hasta las notas más altas de nuestra sensibilidad. Con ella, y con el tríptico operístico que forma junto a Tosca y Madama Butterfly, Puccini desplegó toda su genialidad musical con impulso juvenil para lograr la culminación de la ópera italiana.

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