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Marina Abramović y Maria Callas son dos artistas muy diferentes, pero a la vez hay aspectos —algunos evidentes, otros son hilos casi invisibles— que conectan de manera muy estrecha las vidas y la creación de estas dos mujeres centrales del arte en el siglo xx. Algunas de esas relaciones son superficiales y frívolas: Abramović ha explicado que parte de su fascinación por Maria Callas se debe a su razonable parecido físico, y a que ambas comparten el mismo signo del zodiaco (sagitario, más precisamente). Pero hay otras conexiones más profundas, como la correlación entre sus vidas sentimentales y sus carreras profesionales, o el haber sido aplaudidas en muchos momentos de sus trayectorias como las mejores en su disciplina. Es a partir de estas circunstancias como Marina Abramović ha llegado a amar en profundidad a Maria Callas: como artista que explora los lenguajes escénicos más modernos, la artista serbia vio en la gran diva de la ópera del siglo xx un tema de enorme trascendencia, que es la formación de los mitos modernos tras una muerte trágica por amor.

Marina Abramović ha trabajado a lo largo de su carrera con algunos de estos temas: la fragilidad de la vida, la transformación del cuerpo, el alejamiento del amor y el dolor que todo ello supone. Por tanto, Maria Callas, a la vez que una obsesión, es un tema de desarrollo artístico muy poderoso que finalmente ha cristalizado, tras muchos años de reflexión, en una propuesta escénica que tiene su pleno sentido en un teatro de ópera. Ahora bien, hay que especificar que 7 Deaths of Maria Callas no es exactamente una ópera o, si lo es, es una ópera diferente a lo que exigen las convenciones clásicas del género. Al fin y al cabo, aquí se explica una historia por medio de la música y la escena: la de la última noche de Maria Callas, mientras sueña y más tarde se despierta para pasar al otro lado, que es el de la inmortalidad. Callas tuvo una vida trágica —conoció la fama mundial y el mayor fracaso en el amor; en sus últimos años se recluyó en un apartamento en París y murió de una sobredosis de fármacos, como Marilyn o Elvis, otros grandes mitos del siglo xx—, y eso hace de ella un personaje con una narrativa interesante. Ella, que fue tantas mujeres en el teatro, se convierte ahora en un personaje.

Será la propia Marina Abramović quien encarne a la Divina en esta obra. Esta es una circunstancia especial: generalmente, Abramović no actúa ni desarrolla su trabajo escénico en vivo. La instalación, el happening y la performance son experiencias que muchas veces omiten al público y la idea del “directo”. Por eso, al hablar de 7 Deaths of Maria Callas hay que hablar de un híbrido: tiene partes de ópera y teatro, y partes de arte multimedia, arte de acción y arte del cuerpo. En todo caso, las distinciones son secundarias, pues al final lo que cuenta es la potencia de la producción. La primera parte del espectáculo recrea el mundo de los sueños de Maria Callas: Abramović aparece en una cama y la acción que se desarrolla consta de música ambiental, una voz en off y fragmentos de vídeo que acompañan siete arias de ópera que fueron importantes en la vida de Maria Callas. Cada aria la canta una soprano vestida con uniforme de criada, y cada vídeo representa una manera trágica y espectacular de morir, en los que Marina interactúa con el actor Willem Dafoe. Por ejemplo, en la secuencia de Un bel dì vedremo, el aria de Cio-Cio San en Madama Butterfly, ambos caminan por un paisaje apocalíptico y Abramović se expone a la radioactividad; en el segmento de Vissi d’arte, vissi d’amore, de Tosca, la artista cae desde lo alto de un rascacielos.

La segunda parte de la obra representa la muerte de Maria Callas, y la escenografía —desarrollada por Anna Schöttl— se concreta en un espacio que contrasta con la nebulosa de la primera parte: es la habitación donde murió Maria Callas, recreada con total fidelidad. La cama es idéntica a la que tenía la diva, los cuadros de las paredes son los de su colección, las fotos que observa —de algunos de los hombres que marcaron su vida, como Aristoteles Onassis, Pier Paolo Pasolini o Luchino Visconti— estaban entre sus pertenencias. Todo este espacio abunda a su vez en símbolos que buscan llenar la obra de significados trascendentes: cuando Marina/Callas se asoma a la ventana está viendo el mundo que va a abandonar, pero también está observando la eternidad que le espera; cuando cruza la puerta, representa su muerte física, pero no la de su presencia espiritual, que estará para siempre con nosotros. Al final, esta obra no cuenta tanto una historia, sino el proceso en el que la tragedia se convierte en una leyenda a través de una artista admirable encarnada por otra artista que trabaja con un lenguaje distinto, pero con los mismos materiales emocionales: el arte y el amor.