Fito Conesa

Instalación | En el Salón de los Espejos
Del 27 de septiembre al 15 de octubre

“Es mucho más difícil matar un fantasma que una realidad.”

Virginia Woolf

Con la idea sutil y poética de que hay sonidos que no se escuchan con el oído, sino con la memoria, nos adentramos en el universo de Fito Conesa (Cartagena, 1980), un artista que ha hecho de la voz, del relato y del espacio sonoro los ejes de una práctica que transita entre la instalación, el vídeo y la performance. Su obra investiga los mecanismos de construcción de la memoria colectiva y las formas en que el poder —político, económico o cultural— modela los relatos que habitamos.

Conesa trabaja a menudo a partir de materiales documentales, testimonios y archivos que transforma en dispositivos poéticos capaces de activar una escucha crítica. Sus instalaciones no imponen un discurso cerrado, sino que proponen una experiencia inmersiva en la que la palabra se fragmenta, se repite o se desplaza, generando un espacio de eco y resonancia. El espectador no es un receptor pasivo, sino un cuerpo que atraviesa un campo de significados en tensión.

La dimensión sonora es central en su lenguaje. La voz —cantada, recitada o grabada— se convierte en materia plástica, capaz de construir arquitectura invisible. En esta convergencia entre sonido y espacio, Conesa revela lo que a menudo queda fuera del relato oficial: historias menores, fragilidades compartidas, memorias soterradas. Su trabajo articula así una poética de la vulnerabilidad que no renuncia a la lucidez crítica.

En el Salón de los Espejos del Gran Teatre del Liceu, la instalación de Fito Conesa establece un diálogo especialmente intenso con la historia musical y escénica del espacio. La pieza activa el lugar desde una perspectiva contemporánea e introduce una capa de significado que interroga la relación con la memoria, entre la voz y el poder. El reflejo de los espejos multiplica la presencia de los cuerpos y amplifica la percepción del sonido, convirtiendo la arquitectura en una caja de resonancia simbólica.

Así, la obra no solo ocupa el espacio, sino que lo transforma en una experiencia de escucha expandida. En este encuentro entre arte sonoro y patrimonio, Conesa nos invita a reconsiderar qué significa escuchar en un tiempo saturado de imágenes y discursos. La instalación se convierte, finalmente, en un ejercicio de atención: una invitación a habitar el silencio como espacio de pensamiento y a reconocer que toda voz, incluso la más frágil, puede alterar la manera en que recordamos.