'La Gioconda', de Amilcare Ponchielli, vuelve al Gran Teatre del Liceu del 17 de febrero al 2 de marzo en una producción de Romain Gilbert y bajo la batuta de Daniel Oren. Esta gran ópera del romanticismo italiano presenta una puesta en escena clásica ambientada en la Venecia del siglo XVII y un reparto internacional encabezado por Saioa Hernández y Michael Fabiano. La obra también destaca por el papel central del ballet y la célebre 'Danza de las horas', y podrá verse en estreno digital en LiceuOPERA+ el 8 de marzo.
El Gran Teatre del Liceu presenta La Gioconda de Amilcare Ponchielli del 17 de febrero al 2 de marzo, con dirección de escena de Romain Gilbert y dirección musical de Daniel Oren. La Gioconda también contará con una función exclusiva para el público Under35, con baile de máscaras, que se celebrará el 16 de febrero. A lo largo de su historia, el Gran Teatre del Liceu ha representado La Gioconda en más de 150 funciones. La última función en el Teatre, durante la temporada 2018/2019, fue la número 154. Es la tercera vez que se programa este título desde la reinauguración del Liceu en 1999.
Se trata de un título que aglutina lo mejor de los estilos de su época: influencias verdianas en las melodías, pasajes corales típicos de la música popular veneciana, soliloquios con pinceladas de Mussorgski o Tchaikovski, una orquestación wagneriana, danzas y bailes característicos de la Grand Opéra francesa y un final que anticipa el repertorio verista-naturalista. Todo ello sitúa al público ante una magnífica obra maestra, la última gran ópera del romanticismo italiano.
Cabe destacar que el diseño de vestuario corre a cargo del reconocido diseñador de moda Christian Lacroix. Además, en esta producción el ballet es también un claro protagonista: un cuerpo de baile formado por 12 bailarines da vida a la bellísima Dansa de les hores, una célebre partitura para ballet que va cambiando de melodía y de ritmo para mostrar el paso de las horas, con coreografía de Vincent Chaillet.
Casting excepcional en escena: una gran ópera escrita para seis tesituras vocales diferentes
La Gioconda es una pieza que actúa como bisagra entre el pasado y el futuro de la ópera italiana, que une lo mejor de Verdi con lo mejor de Puccini, e incluso con lo mejor del Wagner romántico. La partitura de Ponchielli está escrita para seis grandes voces (una para cada tesitura: bajo, barítono, tenor, contralto, mezzo y soprano). En este sentido, es una ópera más cercana a la generación italiana que surge a partir de la década de 1890 (el personaje protagonista está escrito para el mismo tipo de sopranos dramáticas que cantan Tosca o Turandot) que a la tradición del bel canto de principios del siglo XIX.
En el rol principal, escrito para soprano dramática, tenemos a dos artistas portentosas muy conocidas por el público del Liceu: Saioa Hernández y Ekaterina Semenchuk. Para Hernández, seguramente, estas funciones serán muy especiales, porque su debut en Barcelona fue con La Gioconda, en la temporada 2018-2019. Semenchuk, por su parte, regresa al Liceu tras las funciones de Macbeth y Turandot de temporadas anteriores.
Cada papel principal de La Gioconda cuenta, en esta producción, con dos cantantes asignados. El personaje antagonista, el malvado Barnaba, escrito para barítono, se reparte entre el tarraconense Àngel Òdena y el italiano Gabriele Viviani, mientras que el otro papel central masculino, Enzo Grimaldi, lo interpretan dos extraordinarios tenores spinto: el norteamericano Michael Fabiano, habitual en el escenario del Liceu, y el germano-brasileño Martin Muehle. El papel de Laura Adorno está asignado a dos mezzosopranos que siempre bordean sus actuaciones: la rusa Ksenia Dudnikova, que debuta en el Liceu, y la armenia Varduhi Abrahamyan. El inquisidor de Venecia, Alvise Badoero, un papel para registro grave, lo cantan los bajos John Relyea y Alexander Köpeczi, y el de la Cieca, para contralto, corresponde a una leyenda, la lituana Violeta Urmana, y a una promesa, la húngara Anna Kissjudit. Cabe destacar que Violeta Urmana debuta en el rol de Cieca, un hito que coloca a la soprano lituana en la posición de haber interpretado a lo largo de su carrera los tres roles femeninos principales de esta ópera: Gioconda, Laura y Cieca.
Todas las funciones están dirigidas por el maestro Daniel Oren, quien hará que la orquesta y las voces solistas rindan al máximo nivel para que la grandiosidad y el lirismo de esta ópera se combinen a la perfección.
Una Venecia en claroscuro, el marco ideal para una historia fría y cruel
La Gioconda, con libreto de Arrigo Boito, es una ópera completamente inseparable de la ciudad de Venecia, pero Romain Gilbert propone una mirada alejada de la Venecia de postal. Su puesta en escena recupera una ciudad del siglo XVII oscura, inquietante y profundamente marcada por el poder y la violencia subterránea. Una Venecia donde la belleza de la superficie convive con una realidad opresiva, dominada por el miedo, la condena y la muerte.
Este universo escénico nace de una idea clave del libreto: una de las primeras frases de Barnaba, que habla de un pueblo que baila sobre las tumbas, “E cantan su lor tombe!”. A partir de aquí, Gilbert construye una ciudad aparentemente esplendorosa, pero atravesada por la oscuridad, con canales que ocultan castigos y desapariciones, y con figuras de poder, como Alvise, que encarnan esta autoridad implacable.
El director de escena francés recibió el encargo de la nueva producción de La Gioconda por parte del Teatro San Carlo y del Gran Teatre del Liceu, que hace coincidir las representaciones de 2026 con el 150º aniversario del estreno de la ópera en Milán. Gracias al trabajo de iluminación de Valerio Tiberi, la Venecia que se presenta en esta propuesta está sumergida en un claroscuro que muestra las fuerzas morales que luchan en esta historia: el mal absoluto representado por Barnaba y la generosidad suicida de la Gioconda.
La escenografía juega un papel esencial en este relato. El dispositivo escénico, de grandes dimensiones, se transforma a lo largo de la obra: de una plaza veneciana en el acto I, a un canal con una barca en el acto II; del palacio de Alvise, con una gran pintura como telón de fondo, a un espacio devastado en el acto final, donde el paso del tiempo y la destrucción son visibles. Esta evolución constante refuerza la idea de una ciudad viva, cambiante y marcada por el drama.
El argumento
La Gioconda narra una truculenta historia de venganza: la de Barnaba, un espía al servicio de la Inquisición veneciana del siglo XVII, contra la Gioconda, una cantante callejera de la que está enamorado, pero que no le corresponde. La Gioconda cuida de su madre, la Cieca, que ya ha llegado a la vejez, y la primera maniobra de Barnaba es hacer creer al pueblo de Venecia que esta mujer es una bruja que debe morir en la hoguera. Una aparición milagrosa: Laura, la esposa del inquisidor Alvise, salvará a la Cieca de la muerte, pero al mismo tiempo propiciará el encuentro entre Laura y su amor de juventud, Enzo, que es el actual prometido de la Gioconda. Enzo tendrá que decidir entre dos pasiones y, finalmente, elegirá a Laura, dejando a la Gioconda en una situación difícil que, en última instancia, la conducirá a la muerte cuando Barnaba aproveche sus debilidades para humillarla.
El argumento es altamente intrincado y romántico, pero está acompañado de una música sublime, que equilibra los pasajes orquestales tempestuosos con el lirismo más bello, y que no ha dejado de seducir al público a lo largo de 150 años de historia.
Momentos musicales clave
Entre los momentos musicales más destacados de La Gioconda se encuentra “O monumento!” en el primer acto, el aria de Barnaba que, aunque no sea la más líricamente destacada del primer acto, es relevante porque constituye una construcción psicológica perfecta de Barnaba como un bandido despiadado, una descripción del mal absoluto que provoca y que anticipa el terrible final de la ópera. Otra aria destacada del primer acto, mucho más emotiva, es “Voce di donna”, de Cieca.
En el segundo acto se encuentra el aria “Cielo e mar!”, cantada por Enzo, una de las grandes arias del repertorio, en la que el personaje expresa con intensidad su amor y su deseo de huir, convirtiendo este pasaje en uno de los momentos más reconocibles de la ópera.
En el tercer acto, uno de los números más célebres del repertorio operístico: la Dansa de les hores. Una de las convenciones de la Grand Opéra francesa, género de la década de 1870 que claramente influyó en La Gioconda, era la inclusión de un ballet, siempre en el segundo o tercer acto. Ponchielli tuvo el acierto de encontrar las melodías encantadoras de la Dansa de les hores, un número que logra un buen equilibrio entre la pasión romántica y los ritmos graciosos de los cortesanos del siglo XVIII.
La ópera culmina con “Suicidio!”, el gran momento de Gioconda, en el que la protagonista afronta la pérdida absoluta con una intensidad extrema, convirtiéndose en el eje emocional de la obra y en el clímax de la soprano dramática. Un pasaje que no solo exige fuerza y pasión desbordante, sino que también anticipa otra figura legendaria del repertorio, como Tosca de Puccini.
La “Danza de las horas” y el ballet
La Gioconda es también una ópera en la que el ballet desempeña un papel fundamental. Entre los pasajes corales y orquestales destaca la Danza de las horas, uno de los fragmentos más conocidos y emblemáticos del repertorio operístico. En esta producción, Romain Gilbert integra este momento dentro del universo visual de la Venecia del siglo XVII, situándolo en un espacio inspirado en la commedia dell’arte, en clara referencia al contexto artístico de la época y como tributo a este.
La coreografía corre a cargo de Vincent Chaillet, quien concibe la danza no como un simple interludio, sino como una pieza plenamente integrada en el discurso escénico. Para hacerlo posible, esta producción de La Gioconda cuenta con un cuerpo de baile formado por 12 bailarines, además de 3 acróbatas y un mimo. El ballet se convierte así en una celebración del tiempo, del movimiento y del teatro dentro del teatro, al mismo tiempo que dialoga con la oscuridad que atraviesa toda la producción. Este momento coreográfico funciona también como un homenaje a la tradición escénica italiana y refuerza la dimensión espectacular de La Gioconda, recordando que esta ópera es, a la vez, drama, música y cuerpo en movimiento.
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