Sobre la producción

¿Qué hace que la versión de Mario Gas de 'L’elisir' triunfe en el Liceu durante 20 años?

La producción de Mario Gas de 'L’elisir d’amore' celebra 20 años en el Liceu. Tras pasar por el Festival Grec y Peralada, esta versión resalta el humor de Donizetti trasladando la acción a una pequeña ciudad italiana de 1922. Con referencias al cine musical y a Fellini, Gas crea una fiesta escénica llena de nostalgia y melancolía que sigue cautivando y haciendo sonreír al público.

La producción de Mario Gas para L’elisir d’amore tiene una larga y bella historia que cubre un arco temporal de más de 40 años. Esta circunstancia no es excepcional, ya que hay muchas versiones escénicas que se han repuesto con regularidad en los teatros más importantes del mundo, algunas con más de medio siglo de vida –en el Liceu, sin ir más lejos, en 2020 se recuperó la escenografía histórica para la Aida de Verdi que creó Josep Mestres Cabanes, y que se estrenó originalmente en 1945–. Pero no menos cierto es que las producciones que desafían el paso del tiempo son una heroica minoría que resiste en un circuito siempre necesitado de sorpresas y novedades. Los motivos que explican la longevidad de la propuesta de Gas son fáciles de comprender, pues se ajusta como un guante al espíritu de la ópera de Donizetti, realza todas sus virtudes, amplifica su poder cómico y además permite que la historia fluya con naturalidad. Sin embargo, eso no implica que sea una producción simple: de manera sutil, también incluye un comentario político, pero sobre todo lo que hace es resumir, de manera inteligente, una continuidad histórica de la comedia a lo largo del tiempo, desde el siglo XVIII hasta la edad dorada del cine musical. En resumen, esta versión facilita entrar en L’elisir d’amore, pasarlo bien con su trama disparatada y reforzar su conexión emocional con nuestros recuerdos colectivos relacionados con las comedias clásicas.

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Escena de L’elisir d’amore (© A. Bofill)

El origen de esta puesta en escena hay que buscarlo en Barcelona a principios de los años 80. En aquel tiempo, Mario Gas –una figura, sobre todo, de la comedia teatral, que ya se estaba haciendo un nombre en el circuito popular– se había interesado por la ópera, y presentó varios montajes de títulos conocidos en el Festival Grec. L’elisir d’amore se estrenó en la temporada de 1983, y fue un gran éxito que, como ocurre con la mayoría de producciones operísticas, parecía haber agotado su recorrido tan pronto como concluyó la última función. Pero aquel Elisir había dejado un recuerdo agradable –Mario Gas había propuesto una escenificación jocosa que apuntalaba todas las virtudes de una historia, por lo demás, muy bien escrita por Felice Romani–, y el Festival de Peralada sugirió recuperarlo para su edición de 1993, coincidiendo con su décimo aniversario. No fue fácil, porque casi todo se había perdido, y se tuvo que partir de cero, reconstruyendo los decorados y el vestuario a partir de viejas fotografías. Pero una vez más, el Elisir de Gas tuvo un efecto mágico, y volvió para quedarse. El Liceu recuperó la producción en su temporada 1997/1998 –cuando las funciones se realizaban en el teatro Victoria, ya que aún no había terminado la reconstrucción tras el incendio de 1994–, y poco después se le encargó a Gas una revisión para estrenar en el año 2005. Esta es la versión que se ha mantenido hasta hoy, 20 años después.

«El maestro venezolano Diego Matheuz, que ya triunfó en el Liceu en 2015 con otra comedia de Donizetti, Don Pasquale, dirigirá las 15 funciones programadas»

Inicialmente, Mario Gas fue fiel al libreto y situó la historia en un pueblo italiano, a principios del siglo XIX, el mismo tiempo de Donizetti. Pero en la versión de 2005 decidió cambiar el lugar y el tiempo: L’elisir d’amore se trasladaba a una pequeña ciudad de la Toscana en 1922, justo el año de la Marcha sobre Roma de Mussolini, que se referencia en el vestuario de la tropa del sargento Belcore. Así, la historia pasaba a ser todavía más italiana, más urbana y más cercana en el tiempo, trasladándonos a una época en la que se solapaban la ingenuidad de unos personajes todavía algo rústicos con el comienzo de la pérdida de la inocencia –la dictadura y la guerra se agitan sutilmente en el trasfondo–, y en la que ya se habían consolidado muchos aspectos de la vida moderna: en esta ciudad hay prensa de masas –Adina es aficionada a las fotonovelas–, luz eléctrica y vehículos a motor, como el sidecar en el que llega el doctor Dulcamara.

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Escena de L’elisir d’amore (© A. Bofill)

En cualquier caso, la producción de Mario Gas no intenta ser una pieza de época, sino crear un entorno en el que encaje la historia y permita lo más importante, que es transmitir su buen humor. Felice Romani indicó que L’elisir d’amore era un melodramma giocoso: melodrama porque el protagonista, Nemorino, lo pasa mal al no ser correspondido inicialmente en su amor por Adina, pero jocoso en sus momentos más inverosímiles. Y Gas mantiene esa gracia esencial de la ópera con diferentes homenajes a expresiones históricas de la comedia: por supuesto, los rasgos de algunos personajes, como Belcore y Dulcamara, están muy exagerados, fieles al espíritu de la commedia dell’arte y la opera bufa del siglo XVIII de la que emanaba la pieza de Donizetti, pero también es fácil reconocer homenajes al cine musical de Hollywood –la farola en el centro del escenario le permite a Nemorino un breve momento ‘cantando bajo la lluvia’– y al de Federico Fellini, sobre todo en las escenas colectivas y, particularmente, en el comienzo del segundo acto. Antes de que suene la música de nuevo tras el intermedio, Mario Gas lleva a escena el banquete previo a la boda de Adina y Belcore, y es fácil apreciar la alegría y la abundancia de las celebraciones mediterráneas a base de vino y comida, a la que suelen sumarse –hay que prestar atención– no solo los cantantes y el coro, sino también el equipo de la producción e incluso el director musical.

«Mario Gas traslada la acción a 1922 y a una pequeña ciudad italiana moderna, con luz eléctrica y vehículos a motor, sobre la que comienza a aparecer la sombra del fascismo»

El secreto de la larga vida de la producción de Mario Gas, por tanto, es transparente: consiste en no oscurecer la historia, no forzar sus límites, acentuar sus emociones –su poder cómico, pero también sus tensiones dramáticas– y hacer partícipe al público de una fiesta en la que nadie se siente desplazado.