¿Por qué 'Aida' es una de las grandes obras maestras de Verdi?

Más de 150 años después de su estreno, 'Aida' sigue siendo una de las grandes obras del repertorio operístico. El Liceu inaugura la temporada 2026-2027 con una producción de Shirin Neshat que ofrece una nueva mirada sobre el clásico de Verdi, con un reparto de excepción y una lectura que pone el acento en los conflictos humanos, la guerra, el amor y la libertad.

Compositor
Giuseppe Verdi
Idioma
Italiano
Duración
4 h
Subtítulos
catalán, español e inglés
Actos
4
Dirección musical
Antonello Manacorda / Josep Gil
Dirección de escena
Shirin Neshat
Reparto
Anna Netrebko, Anna Pirozzi, Yusif Eyvazov, Piotr Beczała, Ekaterina Semenchuk, Ksenia Dudnikova, Artur Ruciński, Igor Golovatenko, Alexander Köpeczi, Simón Orfila

Aida es, en todos los sentidos posibles, una de las óperas más grandes de todos los tiempos. Desde su estreno el 24 de diciembre de 1871, en un lugar tan insólito y al mismo tiempo tan apropiado para su historia como El Cairo, esta obra maestra de Verdi no ha dejado de ocupar la cima del canon lírico. Es uno de los títulos más queridos por el público —y temidos por las grandes estrellas del canto, dada su extraordinaria exigencia vocal— e incluye algunos de los fragmentos musicales más conocidos, no solo de su compositor o del repertorio operístico, sino también de la música occidental. Además, requiere una producción grandiosa: el drama de Aida se desarrolla entre grandes monumentos, incluye un desfile triunfal, resonantes trompetas y, finalmente, un desenlace trágico que siempre ha resultado conmovedor. Más allá de todo ello, y por si fuera poco, Aida habla de la guerra, el odio, los celos, la añoranza de la patria y de la única fuerza superior que vence a todas las demás: el amor puro y sincero que perdura más allá de la muerte. Más de 150 años después de su primera representación, Aida sigue sorprendiéndonos con su fuerza imparable.

«El Liceu inicia su nueva temporada con una de las óperas más queridas de Verdi y de todos los tiempos, una intensa tragedia de amor ambientada en el antiguo Egipto.»

La grandeza de esta ópera puede explicarse a partir de la evolución musical y teatral de Verdi. A comienzos de la década de 1860, el compositor empezaba a dejar atrás la época que, con amargura, había llamado sus años de galera —es decir, de trabajo forzado, de cautiverio—; aquella etapa en la que escribía por encargo y estrenaba óperas sin descanso para ganarse la vida. Sin embargo, con el éxito de La traviata, Rigoletto y, sobre todo, Il trovatore, Verdi encontró por fin seguridad económica y un estatus que le permitió acercarse a la ópera sin prisas ni presión. Su ideal artístico consistía en encontrar la manera de integrar de forma íntima y natural la música y el teatro. Buscaba buenas historias, textos óptimos y la flexibilidad necesaria para componer con cuidado y preparar adecuadamente los ensayos de los estrenos. No pudo lograrlo plenamente hasta La forza del destino (1862), y en los diez años siguientes Verdi solo compuso dos óperas más: su grand opéra al estilo francés, Don Carlos (1867), y Aida, que constituye la culminación de este período maduro, dramático y monumental.

Escena de Aida (© Nathan Laine)

Una historia de amor en el Egipto de los faraones

Cuando Verdi estaba trabajando en la Ópera de París tras recibir el encargo de Don Carlos, conoció a un personaje singular, Camille du Locle, secretario del teatro. Du Locle estaba fascinado por las historias ambientadas en lugares exóticos —años más tarde desempeñaría un papel clave en la gestación de Carmen de Georges Bizet, nada menos— y, durante un viaje a Egipto, descubrió un libro de relatos escrito por el arqueólogo francés Auguste Mariette en el que ya aparecía la esclava Aida. La historia cautivó a Verdi porque reunía todo lo que buscaba: pasiones desbordantes y un triángulo amoroso irresoluble. Finalmente decidió trabajar en su propia versión de Aida, sobre todo cuando el virrey de Egipto, gran aficionado a la ópera, le hizo una oferta económica que no podía rechazar —equivalente hoy a un millón y medio de euros— para que la nueva obra se estrenara en el nuevo teatro de El Cairo y coincidiera, además, con la inauguración de la gran obra de ingeniería de su tiempo: el canal de Suez.

«La producción estará dirigida por la artista audiovisual Shirin Neshat, que evita recrear la monumentalidad típicamente asociada a Aida para explorar sus conflictos morales.»

Verdi decidió trabajar con el libretista Antonio Ghislanzoni, quien reescribió libremente el relato de Mariette bajo la estricta supervisión del compositor y lo transformó en una de las tragedias de amor más famosas de todos los tiempos. La acción se sitúa en el antiguo Egipto, en un momento de gran tensión política, ya que la vecina Etiopía ha decidido declarar la guerra. El soldado Radamés será el encargado de liderar el ejército: lo hace por amor a su país, pero también por su deseo de alcanzar la gloria y casarse con Aida, una bella esclava al servicio de Amneris, hija del faraón. Amneris también está enamorada de Radamés, pero sospecha que él ama a otra mujer, hasta que descubre que su rival es Aida, quien además guarda un secreto: es en realidad la hija del rey etíope Amonasro, que ha invadido Egipto para rescatarla. Sin embargo, Radamés obtiene la victoria en el campo de batalla y entre el botín de guerra lleva numerosos prisioneros. Uno de ellos es Amonasro, que oculta su verdadera identidad. Solo Aida es capaz de reconocerlo. El rey etíope intentará aprovechar el amor que Radamés siente por Aida para que ella consiga información militar que facilite la huida, y la princesa-esclava queda atrapada en el gran conflicto de la ópera: ¿debe elegir entre el amor a su patria o su amor por Radamés? Aida logra escapar gracias a la ayuda de su amado, quien es acusado de traición y condenado a muerte. Amneris obtiene así su venganza. Al final de la ópera, sin embargo, Aida regresa y se reúne con Radamés en la tumba donde él será enterrado vivo: allí podrán permanecer juntos por toda la eternidad.

Escena de Aida (© Nathan Laine)

Un apasionante duelo de divas

Aida es una ópera de enorme dificultad para los cantantes. Radamés debe interpretar su primera aria nada más comenzar la obra, y el momento más emblemático de la protagonista llega casi al final, cuando la soprano ya ha acumulado un gran esfuerzo. Hay escenas corales y dúos de gran intensidad. Por ello, se trata de una obra que exige talentos extraordinarios para representarse al más alto nivel.

Pero esto no supondrá ningún problema en las funciones con las que el Liceu inaugurará su temporada 2026-2027. Habrá cuatro sopranos dramáticas en el papel protagonista, con la presencia de la imponente diva rusa Anna Netrebko —que actuará en cuatro funciones, incluida la de estreno—, además de Anna Pirozzi, Olga Maslova (seis funciones cada una) y Ewa Plonka. En el papel de Radamés actuarán tres tenores spinto de primerísimo nivel internacional: el polaco Piotr Beczała, ya consolidado como un clásico del Liceu, y los armenios Yusif Eyvazov y Arsen Soghomonyan.

«La soprano rusa Anna Netrebko, la gran diva del siglo XXI, encabeza un amplio y experimentado reparto en el que destacan el tenor Piotr Beczała y la soprano Anna Pirozzi.»

El papel de Amneris, escrito para mezzosoprano y que exige un gran equilibrio con el de Aida en su intenso duelo del segundo acto, será interpretado por tres artistas de gran experiencia: Ekaterina Semenchuk, Ksenia Dudnikova y Fiorenza Cedolins. Por su parte, los papeles de voz grave del Faraón y Amonasro estarán a cargo, respectivamente, de tres bajos —Riccardo Fassi, George Andguladze y Vittorio De Campo— y tres barítonos: Artur Ruciński, Igor Golovatenko y Àngel Òdena. Los demás papeles serán interpretados por Moisés Marín (el Mensajero), Carmen Buendía y Núria Vilà (las sacerdotisas), y los bajos Alexander Köpeczi, Giorgi Manoshvili y Simón Orfila (Ramfis). La orquesta estará dirigida por los maestros Antonello Manacorda y Josep Gil.

Escena de Aida (© Nathan Laine)

Una reflexión sobre la guerra y el odio

Junto al magnífico reparto vocal, el principal atractivo artístico de las próximas funciones de Aida en el Liceu es la producción, que rompe con muchos de los estereotipos tradicionalmente asociados a esta ópera: la grandiosidad de los decorados, la multitudinaria marcha triunfal, el fastuoso vestuario e incluso la escenografía inspirada en el antiguo Egipto. La responsable de la propuesta que podrá verse en Barcelona es una de las artistas audiovisuales más importantes de las últimas décadas, la iraní Shirin Neshat, afincada en Nueva York desde la década de 1970. Fotógrafa, cineasta —galardonada con el León de Plata a la Mejor Dirección en el Festival de Venecia de 2009 por su película Women Without Men (Dones sense homes)— y creadora multimedia, con Aida realiza su primera incursión en la dirección escénica de una ópera. Esta producción, un encargo original del Festival de Salzburgo que finalmente se materializó en la Ópera de París, parte de una idea central: el conflicto interior de los personajes es más importante que el marco monumental de la historia. ¿Quién es Aida? ¿Es una esclava o una princesa? ¿Es libre de elegir su destino? ¿Cómo es realmente su relación con su padre? ¿Qué intensidad tiene su amor por Radamés?

«La visión de Neshat aporta una original mirada femenina y se centra en el sinsentido de la guerra que divide a dos pueblos e impide que su protagonista pueda ser libre.»

Shirin Neshat siempre ha incorporado una mirada femenina a su trabajo, y uno de los temas recurrentes en su obra es el papel de la mujer en la sociedad, especialmente en los países musulmanes. Esa mirada dialoga siempre con los demás conflictos de su tiempo. En esta producción de Aida, también ha querido dar el máximo protagonismo a otro tema de fondo: el odio irracional que sienten los personajes hacia el extranjero, hacia quienes son diferentes. En esta ópera resulta esencial la guerra entre Egipto y Etiopía, un conflicto sin sentido, sin honor, que solo genera odio e imposibilita la reconciliación y un futuro próspero. Por ello, la producción de Neshat está envuelta en una atmósfera oscura y pesimista y, en lugar de centrarse en la gloria del vencedor, muestra la caída inminente de una civilización. En esta propuesta no hay grandes monumentos, sino una estructura central en forma de una gran piedra móvil que sirve para crear todos los espacios —el templo, la tumba y el palacio—. Muchas de las alegorías sobre la condición humana se resuelven mediante un elegante e inteligente uso de proyecciones de vídeo y una iluminación dominada por el claroscuro. Aunque la lectura política y social es evidente, Neshat no ha querido vincularla a ningún caso histórico o contemporáneo concreto: su reflexión moral es amplia, trasladable a Europa, Oriente Medio o cualquier otro lugar del mundo, y parte de la idea de que el odio y el conflicto nos corroen sin aportar ninguna solución ni esperanza. Exactamente igual que sucede en la ópera.

Las próximas funciones de Aida en el Liceu proponen, por tanto, una experiencia que apela al mismo tiempo a la inteligencia y a los sentidos: una propuesta artística de gran nivel y una presentación de la ópera que invita a descubrirla desde una perspectiva distinta de la tradicional, demostrando que la vigencia de la obra maestra de Verdi no se debe únicamente a sus sublimes arias, sino también a la actualidad de los conflictos y las pasiones que inspiraron una música extraordinaria.