'Aida' de Giuseppe Verdi regresa al Gran Teatre del Liceu en una producción de Shirin Neshat que ofrece una mirada contemporánea sobre uno de los grandes títulos de la historia de la ópera. Más allá del espectáculo monumental, esta obra es una reflexión sobre el amor, el poder, la identidad y la libertad, con una de las partituras más extraordinarias del repertorio operístico.
La verdadera historia de Aida podría resumirse así: los imperios caen, pero las voces que aman permanecen. No habla del triunfo de los ejércitos ni de la magnificencia de los templos, sino de aquellas personas que, en medio del ruido de la historia, se atreven a defender la fragilidad de su deseo.
El Gran Teatre del Liceu abre la temporada con una de las grandes arquitecturas musicales de Giuseppe Verdi, confiada a un reparto excepcional. Pero esta inauguración es también el encuentro entre dos sensibilidades separadas por más de un siglo: la del creador de Busseto, que convirtió la ópera en la conciencia moral de su tiempo, y la de Shirin Neshat, una artista que ha hecho de la imagen un territorio de resistencia frente a cualquier forma de dominación.
Esta producción, nacida en el Festival de Salzburgo, despoja a Aida del exotismo acumulado por la tradición y revela un Egipto alejado del decorado, convertido en un estado del alma; el desierto, en un espacio interior; y el templo, en la metáfora de todos los sistemas que transforman la fe en autoridad y la autoridad en silencio. Todo aquello que parecía lejano se acerca de pronto a nuestro presente.
La obra de Verdi habla, en realidad, de una frontera. No solo de la que separa Egipto de Etiopía, sino de aquella que separa al individuo de las identidades que le son impuestas. Aida es extranjera incluso antes de convertirse en esclava. Radamés es prisionero incluso antes de ser condenado. Ambos descubren que el amor es el único territorio que los Estados no pueden cartografiar y, precisamente por eso, se convierte en una amenaza. Cuando el poder necesita transformar a los seres humanos en símbolos, amar se convierte en un acto radical de libertad.
Verdi construye esta tragedia como un extraordinario juego de espejos. En el exterior, el esplendor de las marchas triunfales, las ceremonias y los himnos de victoria; en el interior, el latido silencioso de cuatro almas incapaces de reconciliar el deber con la conciencia. Quizá ninguna otra de sus óperas contrapone con tanta fuerza la grandeza pública y la devastación íntima. Cuanto más aclama el pueblo a los vencedores, más profundo es el silencio de los derrotados. Es en ese espacio invisible donde la música encuentra su verdad más conmovedora.
La mirada de Shirin Neshat acentúa esta paradoja con una belleza que nunca es decorativa. Sus imágenes parecen surgir de una memoria ancestral: cuerpos que escriben aquello que las palabras no pueden decir, sombras que custodian recuerdos, espacios vacíos que resuenan como si fueran templos interiores. Su puesta en escena no ilustra la música, la respira. Hace que cada gesto contenga la memoria de todos los exilios y que cada silencio pese tanto como un grito.
Cuando Aida y Radamés son sepultados vivos, no entran únicamente en una tumba. Cruzan el umbral de un mundo gobernado por el poder para habitar un espacio donde solo la fidelidad a uno mismo sigue siendo posible. La piedra que los aprisiona se transforma en refugio; la oscuridad, en una luz inesperada. Verdi convierte la muerte en trascendencia. Neshat descubre en ella, también, una forma de liberación.
Shirin Neshat convierte Aida en un ritual contemporáneo que nos recuerda que los imperios, las guerras y los dogmas pertenecen al tiempo, mientras que el amor, cuando se atreve a desafiarlos, pertenece a la memoria profunda de la humanidad.
Víctor Garcia de Gomar
Director artístico del Gran Teatre del Liceu